Muere atropellado catedrático de la Universidad Tecnológica de El Salvador
El día de ayer murió atropellado por un autobús uno de los profesores que dan clases de matemática en la Universidad Tecnológica de El Salvador, donde yo estudio. Su nombre era Julio Cesar Orantes, tenía 44 años de vida y trabajaba desde hace más de una década en la universidad. Fue casi enfrente del campus, mientras él se dirigía a iniciar otro día de trabajo. Un hecho lamentable, sin duda, pero no más lamentable que la muerte de cualquier otra persona.
Las autoridades universitarias han movido todas esferas de influencias para que la justicia capture al conductor responsable, quien se fugó del lugar de los hechos... Me pregunto si ¿habrían hecho lo mismo por uno de los alumnos o de las personas que trabajan en la cafetería? Lo que me molesta de todo el asunto que se ha desatado alrededor de esto, es que no es la primera vez que una persona muere atropellada por uno de los furibundos conductores de transporte colectivo, y ciertamente no será la última; sin embargo, todos parecen darle más importancia porque fue un profesor universitario quién murió.
Existe otro caso emblemático, el de una niña llamada Katya Miranda, hija de una familia acomodada y compañera de clases de una de mis hermanitas; fue violada y asesinada hace 10 años, hoy tendría 18 años de edad. El hecho no es particular, muchas niñas son violadas en el país por sus mismos parientes y nadie pide justicia por ellas... solo por Katya, por ser hija de una familia de la alta sociedad.
Y aun no he mencionado el archifamoso asesinato de los tres diputados salvadoreños en Guatemala, a raíz del cual se desplegaron operativos de custodia a turistas en el camino entre El Salvador y Guatemala. A pesar de que desde mucho antes se estaban dando casos atroces, que no quiero mencionar, contra muchos turistas que hacían el recorrido.
En una democracia real todos son iguales ante la ley, todos tenemos los mismos derechos, y sin embargo la muerte de algunos parece más importante que la muerte de muchos.
¿Le habrían dado los medios noticiosos la misma importancia a la muerte, en las mismas circunstancias, de una de las señoras que venden dulces y galletas a la entrada de la universidad?
¿Se habría levantado la voz de protesta de las autoridades universitarias si hubiese sido atropellado una de las mujeres que gentilmente sirven la comida en la cafetería o uno de los hombres que diligentemente limpian los salones de clases?
¿Se habría montado una campaña de 10 años en post de justicia por la violación y muerte de una niña de una escuela pública?
¿Se habría hecho algo por encontrar a las bandas que asaltaban a veraneantes de clase media que viajaban hacia Guatemala si nunca hubieran atacado a los diputados? Francamente lo dudo...
No quiero sonar socialista, pero estoy harto de ver como se montan campañas en periódicos, radio y televisión reclamando justicia cuando muere alguien con algún cargo importante, sea un diputado, un maestro de universidad o una hija de ricos; y no escuchar un suspiro ante la muerte de un mensajero de la alcaldía, un maestro de escuela pública o una niña de vecindades.
Es como si, dentro de nuestro concepto de democracia, algunos fuesen más importantes que otros y ser político, catedrático o adinerado fuese una garantía de obtener una justicia por encima de los demás.





